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Agroecología y circuitos cortos:

Nuevos esquemas de comercialización como alternativa al sistema alimentario global

 

Por: Juanita Delgado Rodríguez
07/07/20

El cómo consumimos determinará los modos productivos, y el cómo utilizamos los residuos, sin duda impactará sobre las condiciones medio ambientales con las que se contarán. A su vez los modos de producción ejercerán efecto en las condiciones de sustentabilidad que construyamos como colectivo (Comité SALSA, 2020).

En medio de las exigencias actuales, tras el surgimiento de la pandemia ocasionada por el Covid-19, se hace relevante identificar los diferentes procesos agroecológicos que incrementen la productividad, biodiversidad y eficiencia energética en un país como Colombia. El enfoque agroecológico permite profundizar en los sistemas de producción, transformación y comercialización de bienes y servicios agrícolas en cada una de las regiones del país, así como mejorar el bienestar y buen vivir de las comunidades rurales. Para promover el uso adecuado de estas prácticas agroecológicas es necesario conocer los sistemas de producción de la Agricultura Campesina, Familiar y Comunitaria en Colombia, en adelante ACFC. Los sistemas de producción agrícola, forestal, pesquera artesanal, acuícola, pastoril, silvícola y artesanal representa un potencial económico, político y social para el territorio y sus habitantes, además de generar una connotación simbólica y de identidad con enfoque territorial.

Diagnóstico de la Agricultura Campesina, Familiar y Comunitaria 

El principal reto de la agricultura en tiempos de crisis por el Covid-19 se sitúa en la demanda de alimentos y productos en cada una de las regiones de Colombia. Según el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, alrededor del 83% de alimentos identificados como provenientes de la ACFC son del consumo nacional, por esta razón y tras la coyuntura mundial, es necesario fortalecer y ampliar las redes regionales para evitar un desabastecimiento alimenticio. Las restricciones y bloqueos que aumentaron a lo largo de la cuarentena, demostraron la fragilidad del sistema alimentario globalizado que nos rige actualmente. Esta fragilidad, junto a una economía desacelerada, ha permitido prever un riesgo en la seguridad alimentaria de los países que dependen en gran parte de importaciones agrícolas. Según un artículo del Banco Mundial, para los países de ingreso bajo, los alimentos representan una proporción mucho mayor de su consumo que en otros mercados emergentes y economías en desarrollo. 

 

Actualmente, el 94% del territorio colombiano es rural y solo el 32% de la población vive en el campo (Centro de Investigación y Educación Popular, s.f). Pese a estas cifras, la ACFC tiene más autoconsumo e intercambio que otros esquemas agropecuarios, esto permite evidenciar el uso de prácticas y saberes agroecológicos específicamente en el sistema de comercialización. Los circuitos cortos de comercialización como las compras públicas locales agroalimentarias y mercados campesinos y comunitarios son ejemplo de estas prácticas autogestionarias solidarias, democráticas y humanistas. En suma, representan “una economía basada en la solidaridad, la cooperación y la asociatividad como instrumento para la integración, revitalización socioeconómica de los territorios y el mejoramiento de las condiciones de vida de las comunidades rurales” (Plan Nacional de Fomento a la Economía Solidaria y Cooperativa Rural, 2018).

Dada la emergencia social y económica, la agroecología representa una oportunidad post COVID para impulsar un sistema agroalimentario sostenible que optimice la producción basada en conocimientos tradicionales como en los de la ciencia moderna (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, 2020). Asimismo, permite el desarrollo económico a nivel interno de la región, teniendo en cuenta que la economía campesina constituye cerca del 90% de las explotaciones agrarias y el medio de vida de 6,6 millones de personas, incluyendo población campesina, indígena y afrodescendiente (Región Administrativa y de Planeación Especial, 2020). Por esto, es necesario fortalecer los sistemas de producción y organización que desarrollan los pequeños productores, los campesinos, los pueblos indígenas y las demás comunidades étnicas. 

 

En el caso de Colombia, las actividades productivas de la población indígena orientan su desarrollo hacia la autonomía alimentaria y el mejoramiento de la calidad de vida de la comunidad, armonizando estas actividades con la espiritualidad y la agroecología. Es así como la agroecología representa una clave para el “Buen Vivir”, fortaleciendo la investigación propia, el diálogo de saberes intergeneracionales y las interacciones en el agroecosistema. Como ejemplo se presenta el caso de los pueblos indígenas y su cultura propia de producción que recrea un sistema productivo sostenible en territorios resilientes.

Usan las  fases  de  la  luna  para  realizar  siembras,  podas,  abonos  y  cosechas,  se  dedican  al rescate  de  las  semillas  propias  que  por  muchos  años  han  acompañado  la  alimentación  y  la  vida  indígena,  mediante  la  conformación  de  custodios  de  semillas,  guardianes  del  alimento  y  la  vida,  quienes  conservan  gran  variedad  de  semillas  nativas. Con respecto a las prácticas de cultivo asociadas a las fases de la luna está, por ejemplo, el uso de la fase lunar en cuarto menguante para sembrar plantas que no necesiten crecer tanto en altura pero sí dar frutos más grandes. El corte de madera para los diferentes usos agropecuarios  se  debe  realizar  en  cuarto  menguante  para  que  no  le caiga polilla ni gorgojo. Durante el inicio de la luna en cuarto creciente se purgan los animales porque se dice que los parásitos están más débiles, también se cortan árboles o arbustos para que no retoñen. Además, en cuarto creciente se siembra cultivos como caña y malanga (Organización Nacional Indígena de Colombia, s.f).

Los movimientos sociales y organizaciones de base que representan la productividad agrícola alrededor del país evidencian procesos de desarrollo al movilizar la creatividad colectiva y el ingenio social, a la vez que diversifican todos los modos de producir, de consumir, de ser y de existir. Esto reconfigura la agroecología y une las cosmovisiones de los pueblos, sus formas de comprensión simbólica, sus relaciones de reciprocidad y sus maneras de existir y reexistir, con diferentes modos de habitar la Tierra (Rosset y Altieri, 2018). 

Redes agroecológicas como alternativa al desarrollo 

El sistema alimentario corporativo global, basado en prácticas industriales no sostenibles, se ha visto quebrantado desde el inicio de la pandemia. Según un informe de Food First Information and Action Network (FIAN) Internacional, los impactos del Covid-19 son consecuencia de violaciones sistemáticas y a largo plazo del derecho a la alimentación debido a la imposición de un modelo neoliberal que favorece la importación de alimentos y la dependencia. Bajo esta premisa, las redes agroecológicas en Bogotá han surgido como una alternativa de desarrollo ante los desafíos impuestos por la pandemia. Dichas redes representan la integración regional de organizaciones sociales, campesinas y urbanas que construyen soberanía y autonomías alimentarias. Según la Región Administrativa y de Planeación Especial (RAP-E), los territorios de la región central producen el 30% de alimentos de la despensa agroalimentaria colombiana y se sitúan como los principales productores agrícolas que consume la capital. Lo anterior implica una necesidad de fortalecer la asociatividad entre el campo y las ciudades, con el fin de mejorar las condiciones de vida de comunidades basando sus prácticas en la solidaridad y la cooperación.

En respuesta a la asociatividad se han fortalecido los circuitos cortos de comercialización, definidos como “esquemas de comercialización de bienes y servicios agropecuarios caracterizados generalmente por la baja o nula intermediación, cercanía geográfica, confianza y fortalecimiento del capital social” (Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural, 2016). Existe gran diversidad de circuitos, dentro de los que se destacan: mercados campesinos o ferias, compras públicas locales institucionales (tanto públicas como privadas), venta anticipada y ventas a domicilio, entre otros. En efecto, “Los circuitos cortos ayudan a crear nuevos lazos sociales, fomentan la equidad en los intercambios comerciales, favorecen la participación social y aplican una lógica pedagógica que contribuye a una mayor autonomía de los actores y, con ello, a una mayor sostenibilidad e integración social” (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2014). 

 

En el contexto actual, los circuitos cortos de comercialización evidencian una nueva forma de reestructurar y diversificar el sistema capitalista, utilizando la alimentación y su base productiva como instrumento de transformación social. “La consolidación de espacios alternativos para la comercialización, distribución y consumo, cuestionan las lógicas del sistema agroalimentario convencional globalizado y recuperan espacios locales, además constituyen un referente para la transformación en la medida en que expresan demandas y visibilizan las luchas y reivindicaciones de sus participantes” (Crespo y Sabín, 2014; Kay, 2016). A partir de esto, “las prácticas que dinamizan sus participantes comienzan a fortalecer diversas formas de hacer y pensar la economía, de consolidar economías que vayan más allá de lo estrictamente económico al dotar de otro sentido a las acciones cotidianas individuales” (Coraggio, 2004).

Experiencia campesina y comunitaria en Bogotá-Región

En la práctica, la comercialización y promoción de los alimentos propios del territorio se ha visto afectada como consecuencia del conflicto armado, así como por la falta de institucionalidad, infraestructura y la adopción de buenas prácticas. Sin embargo, los emprendimientos colaborativos han fortalecido las diferentes redes en cabeceras municipales y ciudades capitales, demostrando el impulso económico y de desarrollo que pueden tener los mercados campesinos y comunitarios en las regiones.

Por esto, la agroecología ofrece un punto de entrada a la transformación de dicho sistema. La experiencia por resaltar es el Comité de Integración Regional SALSA, fundado en 2011 para la defensa de la Soberanía Alimentaria, Seguridad y Autonomía en Colombia. Esta nace como una red para tejer mercados y territorio, acercar lo urbano y lo rural y fomentar los sistemas agroalimentarios sostenibles. El Comité se estructura en cuatro nodos definidos así: nodos Sumapaz, nodo Centro – Oriente, nodo Sabana norte y nodo Occidente. Muchas de las organizaciones que participan en los nodos están conformadas por productores directos que adelantan actividades de cultivo, transformación, cría de animales y demás actividades que posibilitan que los consumidores de los centros urbanos accedan a productos derivados de la ACFC. En cooperación con otras organizaciones civiles de acción comunitaria o política, la red del Comité Salsa aporta a la construcción de circuitos agroalimentarios alternativos en la región (Comité SALSA, 2020). Lo anterior ejemplifica la capacidad local de los agricultores y su innovación por promover nuevos sistemas alimentarios.

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Ahora bien, frente a la coyuntura mundial, el Comité SALSA desarrolló una plataforma virtual llamada "Comamos Sano" como solvencia a los mercados campesinos y comunitarios que se encuentran en cierre económico y con el objetivo de incentivar el consumo sano a través de productos de los municipios de Cundinamarca y de algunas localidades de Bogotá. La plataforma muestra los alimentos de la ACFC, destacando la sustentabilidad ambiental de los páramos, sabanas y bosques alto andinos cercanos a la capital. Es un espacio común para apoyar a la ACFC organizada de la región central, para fortalecer y ampliar los mercados de la red y contribuir a la conservación de la agrobiodiversidad. Cabe destacar, no solo la innovación tecnológica que ha acercado a los productores y consumidores en esta contingencia, sino las diferentes estrategias de incidencia y visibilización que reconoce las prácticas agroecológicas de familias y organizaciones del territorio.

En síntesis, la producción y el consumo de alimentos ha ido separándose de su vinculación directa con la agricultura para insertarse en un sistema complejo en el que el mercado capitalista disuelve los lazos de dependencia entre los miembros de una comunidad y fomenta el individualismo, afectando directamente la soberanía alimentaria al eliminar un sistema conectado entre los campesinos, productores y consumidores que faciliten las dinámicas territoriales y garanticen las compras públicas locales. Por esta razón, las prácticas agroecológicas, especialmente las redes de mercados campesinos y comunitarios, constituyen una alternativa sostenible a ese régimen, en donde se destacan las experiencias productivas de la ACFC, la diferenciación de los productos y la necesidad de un acompañamiento para las iniciativas de comercialización.

Bibliografía

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Coraggio, J. (2004). La gente o el capital. Desarrollo local y economía del trabajo. Buenos Aires: Espacio.

 

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Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural. (2020). Alianzas productivas para la vida 2020. Obtenido de https://www.minagricultura.gov.co/tramites-servicios/desarrollo-rural/Paginas/Proyecto-apoyo-a-alianzas-productivas-PAAP-.aspx

 

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Plan Nacional de Fomento a la Economía Solidaria y Cooperativa Rural -Planfes 2017 – 2032. (2018). Unidad Administrativa Especial de Organizaciones Solidarias. Obtenido de: http://faolex.fao.org/docs/pdf/col188736.pdf

 

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Rosset, P., & Altieri, M. (2018). Agroecología Ciencia y Política . La paz, Bolivia: Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología SOCLA.

 

RIMISP. (2016). Circuitos Cortos de Comercialización. El caso de los Mercados Públicos Institucionales. Resumen ejecutivo. Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural.

Fundación Cooperación para el Fortalecimiento Regional en Colombia© 2020 

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