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Repensar el sistema económico desde el cuidado

Por: Angie Sarmiento Gutiérrez y Paula Katherine Lozano
Colaboración: Andrés Salazar
02/06/20

En el análisis económico actual se ha empezado a profundizar en el reconocimiento de la producción doméstica como categoría de trabajo. Esto ha sido posible gracias a las críticas feministas al sistema económico capitalista, el cual invisibiliza los trabajos de cuidado y de reproducción sexual, ya que los considera extraeconómicos. Esto ha ocurrido debido a que la división sexual del trabajo* contribuye a las desigualdades de género, asignando a las mujeres a las esferas privadas, donde no hay remuneración y a los hombres a las esferas públicas en donde sí hay remuneración. Se podría decir que esta división es universal en la medida en que se considera un deber de la mujer realizar trabajos de cuidado y de reproducción sexual. Asimismo, se ha mantenido invisibilizado y no remunerado debido a que se refuerzan las ideas biologicistas con estereotipos de género.

La economía del cuidado se refiere a la producción y consumo de bienes y servicios relacionados a los cuidados de las personas. Esto incluye el trabajo de mantenimiento del hogar, el trabajo de reproducción sexual y el trabajo de cuidado físico y emocional. Las feministas han iniciado una lucha por la redefinición del concepto de trabajo (Bonilla Galindo, 2010; Arango & Molinier, 2011), con el fin de que se reconozcan las labores de cuidado dentro de los hogares como productivas. Lo han hecho bajo el argumento de que estas actividades sí son económicas porque requieren del uso de recursos (tiempo y energía) y porque desde allí se proveen servicios vitales para los sectores económicos. Un ejemplo es que, si el valor económico de la producción de servicios de cuidado participara del Producto Interno Bruto (PIB) generaría casi el 20 % del PIB, según la Cuenta Satélite de Economía de Cuidado del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) de 2017, y sería mayor que el sector comercio (17,5%) o industria manufacturera (15%).

 

Reconocer los trabajos de cuidado no se trata simplemente de cuantificar y monetizar (aunque también es necesario), sino de desafiar los roles que se les han impuesto a las mujeres. La economía del cuidado revoluciona el pensamiento porque para reconocerla se necesita hacer un esfuerzo que logre desprender las ideas biologicistas que han obligado a las mujeres a ser únicas responsables del cuidado de la vida. Lograr tal reconocimiento es entender que la carga sobre el bienestar de las personas dentro del hogar no es obligación de las mujeres, así como tampoco están obligadas a ser madres, a tener instintos amorosos ni a vivir en familia.  

La economía del cuidado es importante porque quiere romper las perspectivas binarias reforzadas por los estereotipos de género, con el fin de redistribuir y extender los trabajos de cuidado para llevarlos a las esferas públicas en donde puedan colectivizarse. Las feministas hace tiempo entendieron esto, y las políticas públicas no pueden tardar tanto en alcanzarlas ni pretender que basta con abrir las puertas a la vida laboral pública sin haber logrado cambios significativos que cambien la socialización de las mujeres dentro y fuera del hogar. 

En ese sentido, se plantea la urgencia de un plan de acción en materia de política pública para hacer hincapié en la necesidad del reconocimiento a labores cruciales del cuidado de la vida y el bienestar. Es necesario articular a todos los actores que demandan estos cuidados: el Estado, el mercado y los hogares, de tal manera que el peso del cuidado no recaiga en las mujeres dentro del hogar, sino que sea reconocido como componente de la actividad económica y, por ende, haya una redistribución igualitaria. 

 

Punto de inflexión: COVID-19 y uso del tiempo 

 

Desde la agudización de la pandemia, el debate en torno a la economía del cuidado está tomando cada vez más fuerza y esto se debe a que el argumento más fuerte de esta corriente se está visibilizando: los trabajos de cuidado son aquellos que sostienen la reproducción de la fuerza laboral, y estos están en condiciones precarias. Catalina Ruiz Navarro, Cecilia López y Juan Camilo Cárdenas han puesto sobre la mesa replantear el sistema económico, pues la economía del cuidado es la que está sosteniendo en este momento tanto el sistema económico, como los hogares. Planteamiento que ya se había generado por parte de feministas colombianas como Natalia Moreno Salamanca en su tesis del 2017. 

 

Actualmente, el no reconocimiento de los trabajos de cuidado genera muchos problemas para las mujeres tales como:

 

  1. Dificultad de conciliar la vida laboral con la familiar.

  2. Doble o triple jornada de trabajo de la mujer en hogares monoparentales y biparentales.

  3. Perpetuación de estereotipo de género (“hombre proveedor” y “ángel del hogar”).

  4. Provisión de servicios de cuidado en las esferas públicas, que está relacionada con la inserción de la mujer en la vida laboral, en donde hay bajas remuneraciones y brecha salarial (feminización de la pobreza).

  5. Techos de cristal en la vida laboral de las mujeres.

  6. Reducción del reconocimiento social de las tareas de cuidado.

 

Aquí podemos ver algunos ejemplos de cómo ha cambiado la vida de las mujeres antes y durante la pandemia. Igualmente, cómo los problemas anteriormente mencionados se hacen evidentes:

Fuentes: IDB (2019), OMS (2020), DANE (2020)

 Tabla: Centro de Pensamiento CFRC.

Políticas públicas alrededor de la economía de cuidado

Como hemos dicho, los trabajos de cuidado, por lo general, recaen sobre la mujer, mientras todo el modelo se sigue sosteniendo y la economía expandiéndose. En otras palabras, estos trabajos son un subsidio para la acumulación del capital en un sistema patriarcal. Por consiguiente, el feminismo se plantea que la economía no gire en torno a intercambios mercantiles, sino a la reproducción de la vida. Además, que los hogares no sean considerados sólo como una unidad de consumo, como está planteado comúnmente en los flujos de la renta, sino como una unidad de producción.

Para profundizar en lo anterior, Rodriguez Enriquez en Economía Feminista y del cuidado explica el flujo de la renta actual y propone un flujo expandido. El primero es circular y omite lo que pasa al interior de los hogares, ya que son considerados sólo como una unidad de consumo y oferentes de la fuerza laboral dentro de la esfera mercantil (Gráfica 1). Con el flujo de renta extendido (Gráfica 2), se plantea que, además de la esfera mercantil (intercambio de bienes y servicios), se adicione la esfera de la reproducción (trabajos de cuidados). 

Los trabajos de cuidado garantizan la reproducción de sus miembros de la siguiente manera: cuando ya se ha realizado un intercambio mercantil de bienes y servicios para satisfacer necesidades básicas del hogar, se procede al consumo efectivo de estos, para lo cual es necesario trabajos no remunerados con el fin de seguir con los estándares de vida. Por ejemplo, preparar comidas, lavar la ropa o el cuidado de los hijos. Ahora, si además de prolongar los estándares de vida se desea llegar a un bienestar mayor, se acude a otros trabajos de cuidado como salud (tratamientos/consultas médicas u odontológicas), educación o esparcimiento. 

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Todo esto es relevante para la discusión sobre la economía del cuidado porque demuestra que seguir invisibilizando los trabajos de cuidado dentro del hogar contribuye a la explotación laboral de las mujeres y continúa perpetuando roles de género. Asimismo, nos deja ver que hasta que no se reconozcan las labores del cuidado como trabajo, no se habrá ganado la lucha para lograr la redistribución de estos.

Gráfica 1: Flujo de renta

Fuente: Rodríguez Enríquez, C. M. (2015). Economía feminista y economía del cuidado: Aportes conceptuales para el estudio de la desigualdad.

Gráfica 2: Flujo de renta ampliado

Fuente: Rodríguez Enríquez, C. M. (2015). Economía feminista y economía del cuidado: Aportes conceptuales para el estudio de la desigualdad.

Se han hecho algunos esfuerzos en políticas dentro de las empresas, como alargar la licencia de paternidad, sin embargo, es necesario que las licencias de paternidad tengan tiempos similares a las de maternidad, de esta forma se lograría involucrar a los hombres en roles de cuidado (Ma Fernanda, 2019). No obstante, crear políticas no es suficiente, es necesario que los hombres las cumplan y tomen responsabilidad compartida en el cuidado del hogar, solo así se puede lograr que las mujeres puedan tener un mayor desarrollo y progreso de sus carreras profesionales. Otra medida tomada por las empresas son las salas de lactancia donde las trabajadoras puedan satisfacer las necesidades biológicas de sus hijos dentro de la empresa. Teniendo en cuenta que una persona que no está cansada será más productiva en sus horas laborales y podrá enfocarse mejor en sus tareas, para que las mujeres sean competitivas en el mercado, es necesario equilibrar las cargas de cuidado. Lo anterior es posible siempre y cuando las instituciones públicas y privadas estén alineadas e incentiven la institucionalización de este tipo de políticas. 

Por otro lado, el Estado ha intentado contribuir a la economía del cuidado. Por ejemplo, la ley 1413 de 2010, cuyas autoras son las ex senadoras Cecilia López y Gloria Inés Ramírez del Partido Liberal y del Polo Democrático Alternativo respectivamente, reglamenta la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, que reúne los datos de horas de trabajo no remunerado de hombres y mujeres. Esta ley ha permitido calcular el valor monetario aproximado de los trabajos de cuidado no remunerados, que desde entonces reúne esta información en una cuenta llamada Cuenta Satélite de Economía del Cuidado. No obstante, estas medidas han sido insuficientes porque todavía la carga laboral es un reto doble para las mujeres. Debemos seguir moviendo las fronteras entre lo público y lo privado para lograr articular al Estado, al mercado y al hogar a favor de una prestación de servicios de bienestar que evite obligar a las mujeres a asumir totalmente estas labores.

*Esta división encuentra sus orígenes en el S. XVIII, cuando el proceso industrial hizo una división de los espacios público y doméstico, a la vez que originó las categorías productivo y reproductivo (Bonilla Galindo, 2010), asignándoles un valor a las actividades productivas, entendiendo que eran aquellas que generaban y reproducían el capital, mientras que las reproductivas se definieron como extraeconómicas y naturales a las mujeres (Nicholson, 1990 en Bonilla Galindo, 2010).

Referencias 

 

Arango, L., & Molinier, P. (2011). El trabajo y la ética del cuidado. Medellín, Colombia: La Carreta Editores.

 

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