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Ecosistemas culturales: Elementos para repensar la economía post-COVID 19

 

Por: Juan David González Rodríguez
Colaboración: Alejandra León  
14/07/20

Hasta que por fin llegó el momento en el cual ya había recogido a toda la humanidad dentro de su Maloca.

Luego (....) viendo que ya todos estaban dentro de su maloca, para empezar a enseñarles Él Comenzó a hacer su Chagra a hacer hogueras, a cultivar, a sembrar su tabaco, a sembrar su coca, a sembrar yuca, a trabajar (Gómez H, 2019: 77).

En momentos de quietud como el actual vemos la necesidad del movimiento no corporal, es decir, de pensamiento y palabra que surge a raíz del sentimiento de incertidumbre y nos lleva a cuestionamientos tales como: ¿Cómo será la vida después de la pandemia? ¿Habrá una nueva manera de relacionarnos con nuestro entorno? Ni en boca de las personas más expertas en este virus o del comportamiento humano existe respuesta para estas preguntas. A su vez, estos pensamientos y palabras nos muestran certezas en medio de la incertidumbre. Por un lado, el avance de la COVID-19 alrededor del mundo le ha demostrado a la “civilización humana” la fragilidad de los cuerpos frente a la inminente naturaleza que nos circunda; y por el otro, la vulnerabilidad del sistema capitalista que somete lo natural a una objetualización encaminada principalmente hacia la acumulación de riqueza.

 

En la búsqueda de un terreno fértil

 

El sistema capitalista nació bajo una lógica de superioridad humana que se ha mantenido por más de 500 años mediante un lema de omnipresencia y omnipotencia que le ha permitido mantenerse a flote. Adicionalmente, se ha adjuntado con un discurso más reciente de Desarrollo lineal (SubDesarrollado, VíaDesarrollo y Desarrollado) que ha construido un deber ser y un falso ideal regido por el crecimiento económico. Este falso ideal ha negado la existencia de grupos sociales con otros modos de vida económica que, por ejemplo, no hacen uso de la moneda para el intercambio o simplemente no buscan la acumulación de riqueza material como fin último. Debido a esto, se han consolidado movimientos sociales que buscan resistir a las dinámicas de un sistema árido que desangra territorios a través de la extracción desmedida de bienes para el consumo ambicioso del “Hombre”.

 

Bajo esta lógica de resistencia, los campesinos, en figura de “La Vía Campesina”, han comenzado a fertilizar los discursos sobre alimentación, elaborando una distinción entre seguridad alimentaria y soberanía alimentaria, procurando de esta manera debates profundos sobre la concepción de ambos conceptos. La seguridad alimentaria se ha enmarcado en el avance tecnológico (Revolución Verde) para acrecentar la producción, mientras que la soberanía alimentaria se ha caracterizado por el reconocimiento de valores sociales intangibles que hacen parte de la alimentación. 

Uno de los debates generados alrededor de la confrontación de estos conceptos se dio a comienzos del siglo XXI en donde la idea principal es la siguiente:

Las políticas neoliberales destruyen la soberanía alimentaria. Las políticas neoliberales priorizan el comercio internacional, y no la alimentación de los pueblos. No han contribuido en absoluto en la erradicación del hambre en el mundo. Al contrario, ha incrementado la dependencia de los pueblos de las importaciones agrícolas, y han reforzado la industrialización de la agricultura, peligrando así el patrimonio genético, cultural y medioambiental del planeta, así como nuestra salud (La Vía Campesina, 2003).

Es decir, la seguridad alimentaria está influenciada por las políticas neoliberales que se preocupan más por el flujo del dinero y no por la erradicación del hambre en el mundo. Esta crítica ha sido retomada por pequeños productores en varios países del mundo, entre ellos Colombia. En sincronía a este postulado, para alejar la aridez de los territorios, debemos construir una soberanía alimentaria basada en un modelo de siembra que contenga elementos fertilizantes de biodiversidad, diversidad cultural y, ante todo, la perdurabilidad de los ecosistemas intervenidos por el ser humano. 

 

Ahora bien, la soberanía alimentaria implica dejar a un lado la visión mercantilista sobre los alimentos, procurando concebirlos como un derecho que debe ser distribuido entre todos los seres humanos. Esto es particularmente importante en estados de cuarentena como el actual, dado que disminuiría la penuria de hambre que puede llegar a atravesar América Latina y el Caribe.

 

De la Fertilidad a la Armonía Ecosistémica

 

Hemos dicho que los elementos fertilizantes que toman más relevancia en estos otros modelos alimentarios son los conocimientos culturales, los ecosistemas y lo biodiverso que conviven en los territorios. Estos han desestimado la importancia de la acelerada producción de monocultivos promovidos por la agroindustria en favor de un equilibrio que permita acceder a un mayor número de territorios fértiles que se regeneren con el tiempo. Con el fin de propender por dicho equilibrio, se propone un sistema de policultivos que contengan una variedad de alimentos que permitan abastecer a un mayor número de personas sin la necesidad de tener en mente el dinero, factor que, contradictoriamente, muchas veces es generador de hambre. En vista de ello, desvanecer la idea de la tierra como propiedad y de la naturaleza como un ente pasivo disponible para la extracción de sus recursos resulta imperativa debido a que el desequilibrio ecosistémico actual y la potencial crisis climática agudizará las crisis alimentarias a nivel mundial.

 

Llegado a este punto, y en consideración con las diversas formas de operar, experimentar o concebir el mundo, a la globalización le corresponde repensar la relación de superioridad de “Hombre/Naturaleza” que ha establecido, de tal manera que los seres humanos se reconozcan como habitantes de un entorno ecosistémico y no como dueños del mismo. Es por este comportamiento que los actores de resistencia encuentran en la lógica de correlación ecosistémica la figura perfecta para la pervivencia de los elementos culturales, biodiversos, medioambientales y, por ende, alimentarios. En otras palabras, la correlación ecosistémica permite construir conjuntamente una armonía entre los actores biológicos (Flora y Fauna) y los seres humanos. 

 

Abrir espacios de equilibrio

 

Ahora bien, desde el centro del país hemos estado mirando territorios geográficos lejanos sin percatarnos de un sinnúmero de cercanías diversas que parecen caer en un olvido amnésico debido a las dinámicas globales actuales. Estas dinámicas nos han negado el reconocimiento de otras formas de vida distribuidas por los diferentes departamentos de Colombia, las cuales, por medio de una lectura experiencial, manejan los ecosistemas de forma integral y armónica como se ha mencionado. Para acercarnos a esas diversidades es necesario encontrar espacios de conversación que cuestionen la normalidad anterior a la pandemia y permitan generar puentes con otras formas de conocimiento como el caso de la chagra en la región de la Amazonía. 


La chagra es un lugar caracterizado por la pluralidad de vida que convive en ella, logrando una armonía territorial a través del ciclo anual para hallarse en la abundancia de alimentos espirituales y corporales de cada integrante que participa en la construcción y sostenimiento de la chagra (Acosta L, 2011). Este espacio fértil es colectivo y familiar, y es sinónimo de fertilidad de las mujeres porque en ambas hay abundancia y vida.

ACAIPI. (2007). Calendario Tatuyo elaborado por indígenas del alto Pirá. [Figura]. Recuperado de Gaia Amazonas

Como se muestra en este calendario “eco-lógico”, el ciclo anual de la chagra se ve inmerso en la interrelación de la naturaleza con el ser humano debido a que tiene en cuenta actividades como la horticultura, la pesca y la caza, actividades colectivas que gestan saberes, prácticas y comportamientos vinculados a la biodiversidad y la cultura. Además, el calendario establece unas épocas particulares para cada acción de trabajo (selección del terreno, socola y tumba, quema, siembra, cuidado, cosecha y abono) de acuerdo con los elementos no humanos del territorio. De este modo, el sistema de la chagra imprime relaciones sociales a dichas actividades y reproduce un intercambio económico diverso y recíproco entre los participantes (humanos y no humanos) que hacen parte de este sistema.

Por otra parte, dentro de estos espacios de diversidad encontramos plantas (coca, tabaco, yuca) que se consumen en el centro del mundo, es decir, en la Maloca. Este es un lugar de encuentro social para sembrar la semilla del pensamiento y la palabra, la cual alimenta el pensamiento de quienes trabajan la chagra. Igualmente, con estas plantas se agradece a los mundos físicos y espirituales por la abundancia de alimento y el buen comer.

 

En síntesis, la chagra no solamente es un espacio de cultivo y alimentación, sino que de ella brotan conocimientos espirituales, de curación y biodiversidad que asumen la apropiación del territorio de forma interconectada para transformarlo en función de los ecosistemas con los que conviven en su día a día. Además, es necesario advertir que la chagra se vive y se siente de formas distintas de acuerdo a la comunidad que la construye.

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En conclusión, este modo de vida tan cercano geográficamente y a la vez tan alejado de nuestra realidad abre las puertas para reflexionar sobre la convivencia armoniosa con otras formas de vida que han acompañado nuestro trasegar histórico, pero que, al no tener voz, han visto su existencia subordinada a alteraciones súbitas o hacia el ecosistema al que pertenecen. La coyuntura actual es un momento de quiebre que busca distintas maneras de pensar y cambiar nuestro estilo de vida, pero no necesitamos ir hasta la amazonía en busca de nuestra chagra, sino comenzar a construir huertas en nuestras habitaciones, apartamentos, casas o jardines, teniendo en cuenta una diversidad de especies y procurando autoabastecimiento de alimento. Otra alternativa es generar centros de intercambios para desarrollar una economía basada en los conocimientos culturales, biológicos y ecosistémicos de las semillas y alimentos con el fin de crear una red de intercambio regional.

Referencias Bibliográficas

 

Acosta, LE; Pérez, MN; Juragaro, LA; Nonokudo, H; Sánchez, G; Zafiama, ÁM; Tejada, JB; Cobete, O; Efaiteke, M; Farekade, J; Giagrekudo, H; Neikase, S. (2011) La chagra en La Chorrera: más que una producción de subsistencia, es una fuente de comunicación y alimento físico y espiritual, de los Hijos del tabaco, la coca y la yuca dulce. Los retos de las nuevas generaciones para las prácticas culturales y los saberes tradicionales asociados a la biodiversidad. Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas, Sinchi. Asociación Zonal Indígena de Cabildos y Autoridades Tradicionales de La Chorrera – AZICATCH

Altieri M & Giménez E (2013) Agroecología, Soberanía Alimentaria Y La Nueva Revolución Verde

 

​Candre H & Echeverri J (1993). Tabaco frío, Coca dulce Palabras del anciano Ki-nerai- de la Tribu Cananguchal Para sanar y alegrar el corazón de sus huérfanos. Editorial: Universidad Nacional de Colombia

 

Gomez H, Micarelli G & Ortíz N (2019). Cultivando la ciencia del árbol de la salud: conocimiento tradicional para el buen vivir. Editorial Pontificia Universidad Javeriana. Recuperado de: https://repository.javeriana.edu.co/handle/10554/47281 

 

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Micarrelli, G (2018). Soberanía alimentaria y otras soberanías: el valor de los bienes comunes. Revista Colombiana de Antropología, volumen 54 n° 2

 

Via Campesina (2003). ¿Qué significa soberanía alimentaria?. La Via campesina. Recuperado de: https://viacampesina.org/es/quignifica-soberanalimentaria/

Fundación Cooperación para el Fortalecimiento Regional en Colombia© 2020 

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