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Moneda social e incertidumbre:

Las redes locales como experiencias socioeconómicas frente a la crisis

 

Por:
Alejandra León Jaramillo 
Jaime Andrés Duarte Meléndez
30/06/20

La locura del dinero ha vuelto las cosas al revés.

Ahora producir los alimentos no enriquece a nadie, y ahí están los campesinos

para mostrar que su estado en esta sociedad es la pobreza.

Ahora la riqueza está en los territorios áridos, 

en las sabanas que van camino a convertirse en desierto,

en la selva que se tumba.

(...) Ahora, ellos ven dinero... Petróleo, carbón, oro, uranio, dinero...

Dinero que no sirve para comer ni para ser felices,

dinero para que haya más pobreza

Declaración de la ONIC en la Asamblea por la Paz, agosto 28 de 1996.

En el papel, Colombia se ve como un país poderoso: es el tercer país más poblado de América Latina, tiene una ubicación geográfica privilegiada y recursos suficientes para ser considerada una potencia de nivel medio. En el papel, se exaltan sus grandes actividades económicas enfocadas en la industria, el comercio y variados servicios, pero en realidad “Colombia está relegada a sus montañas, de espaldas al mar y mirándose el ombligo” (Ocampo, 2000, p. 83). Esta expresión permite entrever varias problemáticas marcadas en Colombia como la marginalización de sus regiones y la extremada preocupación por el centro. Lejos de ser un país poderoso, apenas somos un país de papel. 

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Las lógicas de las ciudades-ombligo son paradójicas. Ahora hay gasolina cuando no se puede salir, pero no hay qué comer porque no se produce en el país (Gelber Zapata, abril 2020). Por ejemplo, en Cachipay, Cundinamarca, la tierra se usa principalmente para monocultivos extensivos de flores y follajes de exportación, por lo que casi no se cultivan alimentos. Sin embargo, debido a la crisis económica, varios productores han optado por comenzar a sembrar arvejas y lechugas para el autoconsumo, “pero la gente está esperando para poder volver a cultivar rusco porque es un gran negocio” nos comentaba Ángela Sánchez* con preocupación. 

Ella vive hace más de tres años de años en una comunidad ecológica en la región del Tequendama y hace parte de un fenómeno que se remonta a la década de los 60’s con el surgimiento del hippismo y la segunda ola del feminismo. Desde entonces, varios grupos sociales han criticado la forma de vida hegemónica -que parece sólo funcionar en el papel- y se han colectivizado alrededor de una motivación común por relacionarse con la tierra y el territorio de forma diferente, propendiendo por un equilibrio en la convivencia social y con el medio ambiente. Esto ha significado, como lo expresaba Ángela, la migración de jóvenes al campo en búsqueda de otras formas de vida.

"Yo soy citadina, pero creo que es importante que la gente de la ciudad, incluida yo, nos demos cuenta que la ciudad no es sostenible, no es humana, no es el contexto para el que estamos hechos. Sentí el llamado de saber qué era estar en el campo, recuperar la conexión con lo vivo y con nosotros mismos" (Entrevista Ángela Sánchez, 5 de junio de 2020).

En este sentido, asentarse en el campo ha significado resistir a un modelo de vida que posiciona valores utilitarios e individualistas, en donde el espacio emerge como algo privado que legitima las inequidades y mercantiliza y explota el medio ambiente. En cambio, el campo les ha dado la posibilidad de desarrollar un tejido social en el que todos pueden participar sin ser excluidos. De esta forma, migrar al campo ha sido un mecanismo para materializar las ideas de un buen vivir que promueve un estado de plenitud entre la comunidad basado en valores solidarios y prácticas auto-sostenibles.

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La incertidumbre y la angustia que nos ha producido el ‘desplome económico’ en medio de la pandemia nos motivaron a contactar a Ángela. También la extrañeza cuando escuchamos que expertos anuncian subsidios e inyecciones financieras como si hablaran de un mundo abstracto y descontextualizado. Sin embargo, la contactamos más que nada porque, a pesar de que en estos momentos se menciona la necesidad de cambio ante un modelo económico insostenible, desconocemos procesos que puedan al menos darnos pistas de cómo intentar algo distinto. Tal vez sea momento de dejar de vernos el ombligo para escuchar experiencias alternativas que se gestan en los territorios.

 

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Ángela Sánchez lleva alrededor de una década trabajando en procesos socioambientales alternativos y vive en MonteSamai, comunidad ecológica perteneciente a la Red de Permacultura de la Bioregión del Tequendama (RPT), lugar donde instauró una moneda social que actualmente cuenta con más de 60 socios activos. Estos sistemas surgieron en distintos países al margen de las monedas oficiales como mecanismo para afrontar situaciones de crisis económica que limitaban el acceso a bienes y servicios a ciertos sectores de la población (Vélez Toro, 2017).

 

Uno de los casos más conocidos en Latinoamérica es “El Trueque” en Argentina. Este consistió en un intercambio mercantil mediado por diversas monedas locales que funcionaron simultáneamente. Esta experiencia surgió a mediados de los 90s y creció exponencialmente como producto de la crisis financiera de 2001, cuando la mitad de los argentinos quedó bajo la línea de pobreza. En este escenario, se estimó que aproximadamente 6 millones de argentinos llegaron a participar directa o indirectamente, fortaleciendo redes locales de intercambio entre personas sin oportunidades de empleo (Plasencia, 2014).

 

Actualmente existen diversas monedas sociales a nivel global que responden al contexto donde se implementan. Para el caso de la RPT, las motivaciones por establecer un comercio justo, equitativo y recíproco, además de fortalecer la producción orgánica y el tejido social de sus participantes, dieron origen al IBIS (Muñoz, 2018). A través de esta moneda, la RPT busca construir una economía propia ‘más humana’ mediante un acuerdo explícito entre la comunidad, contrario a como ocurre con el dinero convencional.

“Es decir, yo nunca dialogué con el Banco de la Nación para decirle que ese papelito con la cara de Gabo tenga tal valor. No, es algo impuesto. En cambio en la economía solidaria hay un diálogo. Parte de la comunidad, de los grupos humanos, no del Estado” (Entrevista Ángela Sánchez, 5 de junio de 2020).

La moneda de la RTP es acordada y se materializa, no en billetes, sino en una cartilla individual llamada IBIS. En esta se registran los intercambios que se realizan con otros miembros, facilitando la circulación de bienes y servicios por fuera del mercado capitalista. En este sistema, la sumatoria de todos los intercambios es igual a cero, lo que significa que no se puede usar para acumular ni especular y, en cambio, tiene como objetivo fomentar redes de producción responsable y la participación e integración social. De este modo, el uso del IBIS implica una confianza simbólica en la cartilla y un compromiso social por continuar con el flujo de intercambios dentro de la comunidad.

 

Este compromiso social se genera por estar bajo una lógica de reciprocidad en el que cada persona da con la confianza de que eventualmente recibirá una devolución material o simbólica. Como los intercambios nunca serán de igual valor, se origina un tipo de obligación moral con toda la comunidad de continuar con la circulación de bienes y servicios. Paralelo a esto, entre los objetivos de las monedas sociales se encuentra el fortalecimiento de la dimensión social del desarrollo y el bienestar de las personas, buscando crear sentimientos de reconocimiento, autoestima y pertenencia a través de la interacción que suponen los intercambios (Reserva de la Biosfera de Lanzarote, 2013). Por ende, el IBIS se inscribe en una dimensión socioeconómica alternativa en el que el uso de la moneda no busca solamente beneficios económicos, sino poner en práctica ciertos valores y motivaciones sociales y políticas establecidas comunitariamente.

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Por otra parte, implementar una moneda de este tipo supone un cambio en la racionalidad sobre ‘lo económico’, entendido como un elemento multidimensional que estructura formas particulares de pensar y de relacionarse social, cultural y ecológicamente (Calvo, 2016). En este sentido, Ángela sugería que el primer paso para generar un cambio socioeconómico consiste en derribar ciertas creencias muy arraigadas e instauradas por el modelo económico dominante. Pensar en la eficiencia, la acumulación y la competitividad como sinónimos de bienestar nos ha limitado a un sistema que le otorga valor únicamente a lo que provee una retribución monetaria, ignorando, por ejemplo, la importancia de servicios y saberes esenciales que no entran en la lógica de la economía formal, tales como las actividades de cuidado. En contraposición, la economía solidaria parte de la lógica de que todas las personas contamos con recursos o capacidades que pueden aportar a la comunidad. Estos son incorporados por la moneda social, generando riqueza local y permitiendo a los miembros guardar ‘dinero convencional’ para los gastos que deben realizar como parte del sistema tradicional (como impuestos o servicios públicos).

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Para el contexto actual el capitalismo no puede seguir siendo el único modelo económico, aunque puede subsistir junto con otros modelos como las monedas sociales, las cuales se perfilan como una alternativa socioeconómica complementaria que puede favorecer especialmente a sectores afectados por la crisis derivada por la pandemia. Sin embargo, para un país que se posiciona como el segundo más desigual de América Latina, puede ser igualmente un elemento útil para romper con las dinámicas inequitativas en las que estamos inmersos. Si bien las experiencias locales como las de RPT no pasan de ser experiencias relativamente pequeñas, sirven como ejemplo para evidenciar que existen diferentes formas de pensarse la economía como parte de un sistema sociocultural más amplio, en donde se fomentan relaciones humanas a través del intercambio local.

*Ángela Sánchez se dedica a procesos sociales y artísticos en varios territorios. También es directora de lAmora/proyecto socioartístico. Si quieres conocer más sobre los procesos que ha realizado ingresa aquí.

Referencias / Fuentes de consulta:

Alarma entre los floricultores por consecuencias económicas del coronavirus (19 de marzo 2020). En: Periódico El espectador. Recuperado el 20 de junio de 2020.

Alcaldía de Cachipay. (2019) Revisión y ajuste general del esquema de ordenamiento territorial del Municipio de Cachipay. Cundinamarca, Colombia. 

 

Calvo, C. (2016) “El don-reciprocidad como motor del desarrollo humano”. En: Veritas. P.p 9-28.

 

De Sousa, S. B (2020) La cruel pedagogía del virus. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, CLACSO.

 

Gelber Zapata. Hablemos de indígenas y Covid-19. (2020, 27 abril). [Vídeo]. Mutante. https://web.facebook.com/MutanteOrg/videos/903506646786436/

 

Graeber, D. (2014) En deuda. Una historia alternativa de la economía. Barcelona. Ediciones Ariel.

 

Muñoz, A. (2018) “Prácticas socio-económicas en la Ecoaldea MonteSamai (Cachipay Cundinamarca): una alternativa de vida”. (Tesis de pregrado). Universidad Santo Tomás. 

 

Ocampo, A. R. (2000) “Balance y retos de la política exterior colombiana hacia el Gran Caribe: una perspectiva política”. En: Memorias del Foro. Las relaciones internacionales de Colombia hacia el Gran Caribe. Balance histórico y retos del nuevo milenio. Bogotá. Imprenta Nacional.

 

Organización Nacional Indígena. (1999) El desarrollo globalizador y los pueblos indígenas en Colombia. Recuperado de:http://www.derechos.org/nizkor/colombia/doc/inglodes.html

 

Plasencia, M. A. (2014) La experiencia de monedas sociales en la Argentina. En: Revista Voces del Fénix. Recuperdo de: https://www.vocesenelfenix.com/content/las-experiencias-de-monedas-sociales-en-la-argentina

 

Presta, S. (2007) “La categoría de don en el marco de la economía social y solidaria”. En: Cuadernos de Antropología Social. P.p 165–182. 

 

Reserva de la Biosfera de Lanzarote. (2013) La moneda social. Instrumento de desarrollo local y sostenible. Preguntas más frecuentes. 

 

Vélez Toro, S. (2017)  “Intercambios ¿El trueque como opción frente a las racionalidades de la economía de mercado?”. (Tesis de maestría). Universidad Pontificia Bolivariana.

Fundación Cooperación para el Fortalecimiento Regional en Colombia© 2020 

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